Presentación

…………  Continuación

Así nuestra música cuantas veces relegada al olvido, cuando no era objeto de mofa y burla a la imagen de la “chola Jacinta”, fue confinada a espacios restringidos dándonos como opción, diríamos casi de forma “natural”, la calle para producirnos y ser nosotros mismos. El proceso fue paulatino para encontrarnos e ir no solo haciendo patria sino construyendo nuestra identidad en nuestro largo peregrinaje.

Obviamente las razones que nos condujeron a expresarnos como “músicos mangueros” (es decir a hacer la manga, tocar en las calles y pasar el sombrero…) e improvisarnos en cierta manera como “trovadores contemporáneos”, obedecieron motivaciones diferentes: si en unos primó más el aspecto de la música por la música, el arte por el arte o la difusión por la difusión en otros prevaleció el aspecto político; es decir la denuncia de toda forma de injusticia social. No obstante, no podemos omitir las consideraciones de orden económico porque, después de todo, de algo había que vivir y hacer vivir la esperanza de un mundo mejor.

En ese andar, “caminante no hay camino se hace camino al andar”, nos fuimos abriendo la brecha entre mercados, ferias, plazas y jirones para hacer de las calles un punto de encuentro y reencuentro, de aprendizaje, intercambio…Haciendo un llamado a la memoria esos lugares fueron “la carreta de Príncipe”, el Jirón de la Unión, el pasaje José Olaya y la emblemática ” PIEDRA”, hoy nuestro Tótem pedestal de nuestra memoria colectiva, donde se entrecruzaron historias y trayectorias de vida. Todo ello bajo una causa común: la música como tejido social inclusivo, es decir como un vector transcendiendo fronteras físicas e imaginarias entre los hombres que tienden más a separar que consolidar o estructurar una identidad propia.

De manera que el trabajo “callejero” aportó también su contribución en el trabajo de difusión masiva de nuestra música no solamente local-nacional o “papacha” sino también de la música “popular” o de “protesta” que podríamos designarlas como un todo: el Folklor  Latinoamericano.

Ciertamente, siempre hubo un antes y un después a los años ochenta que hicieron de muchos de nosotros no solamente un comienzo, en el sentido de inventarlo todo, sino también eternos herederos de lo que nos precedió y nos precedieron. Dichos años anteriores a los ochenta fueron marcados por un gobierno militar de corte nacionalista que crearon las condiciones favorables a la creación de agrupaciones tales como « Tiempo Nuevo », “Blanco y Negro”, “Puka Soncco”, “Alturas”, NEPER (Núcleo Experimental de Poetas, Escritores Radicales y, posteriormente, Realistas). Como olvidar los talleres (de quena, charango, zampoña, guitarra y bombo entre otros…) que de dichas agrupaciones emanaron sin perder de vista el trabajo remarcable de tantos canta-autores y compositores que aportaron su piedra en el edificio pero que al mismo tiempo se nutrieron de ciertos “aires del sur” o viceversa…

 

 

Nos referimos a los grupos como Quilapayún o Inti-Illimani fuertemente marcados e implicados por el contexto político-social de la época como lo atestan las interpretaciones canciones o composiciones musicales “comprometidas” o de “protesta” (designadas bajo el nombre de la “Nueva canción chilena”), aunque el trabajo de la agrupación Illapu difiera por ser más de corte folklórico-Andino (tal vez por la proximidad geográfica relativa a los orígenes de dicha agrupación: Antofagasta), por lo menos en sus inicios.

Así como hubo “la canción comprometida” también hubo “el folklor romántico” que marcó los espíritus de los grupos ochenteros: nos referimos aquí a los Kjarkas cuyos temas, de composición propia por lo general, hacían parte también de nuestro repertorio. De la misma manera el aporte de Alejandro Vivanco con el “Orfeón de quenas”, la virtuosidad técnica de Raymond Thevenot, la dulzura de Uña Ramos en la ejecución de la quena es tan inconmensurable como el valioso aporte del boliviano Ernesto Cavour y el peruano Jaime Guardia para el charango…La lista no es exhausta aunque el ejercicio de citar a todos en esta pequeña introducción no tiene más que por objetivo nuestro reconocimiento e incluyendo a los que no citamos…Cierto los estilos, sensibilidades musicales fueron, son y serán siempre diferentes pero el mérito es la contribución además de nuestro eterno agradecimiento por el legado. Es de esta manera que se fueron, se han ido y se siguen creando semilleros de los cuales somos producto (por que heredamos no solamente en la música sino también en las danzas, el teatro, la poesía y la literatura) y parte ya que, simultáneamente, contribuimos a la transmisión y difusión de nuestra cultura e incluso en el exilio.

En resumen diríamos que el medio social, político, económico nos fue moldeando de la misma manera que nosotros fuimos componiendo con esta realidad social compleja para hacer y ser parte de la historia.

En la distancia nuestras experiencias se diversificaron y enriquecieron bajo el plano personal y musical aprendiendo a ver nuestra tierra del exterior con otros ojos. Por mecanismos de solidaridad del quien sale primero se lleva al otro fuimos creando una cadena migratoria más aún en nuestro caminar continuamos haciendo patria. Después de toda una vida entregada al arte, cada uno aportando desde su trinchera, en el exilio como el retorno a la tierra, sin honores, sin penas y sin glorias, como aquel “soldado desconocido”, algunos de los nuestros nos tomaron la delantera. En la tristeza, confusión y conmoción decidimos ser causa común para crear este espacio en internet: “Los músicos de la Piedra” porque de ahí salimos y ahí llegamos al menos en nuestros recuerdos compartidos.

Hoy la voluntad de seguir aportando, difundiendo toda forma de expresión cultural a las generaciones futuras es un objetivo compartido que va más allá de la música y la cual se acompaña de una fuerte convicción, mezcla de fé y esperanza, para que nuestras experiencias de vida no sean vividas en vano.

                                                                           Javier Villegas , París, Marzo 2020